Si estos embarcaderos hablasen

Embarcaderos de la ría del Nalón en el Puente de Muros al anochecer

Si estos embarcaderos hablaran, llenarían páginas de historias con nombres y apellidos de aquellos que, año tras año, cambiaron sus maderas resquebrajadas por el salitre y el viento. Las huellas del tiempo se llenan de fango y musgo, borrando el nombre de aquella lancha que sucumbió a las mareas. Ya casi no hay barcas en las orillas de este Nalón ancho y tranquilo, a las puertas del Cantábrico. Pero el silencio sigue siendo el de siempre, el mismo que lleva siglos acompañando a estas riberas de juncos y marismas, a la sombra del Castillo de San Martín.

La noche cae tan despacio como desciende la marea, inundando el aire con el olor denso de la bajamar. Y aquí me encuentro, tras las mil y una noches que he vivido entre estos maderos, disfrutando de esa hora en la que el frío se pega a los huesos, revitalizando el espíritu. Las madrugadas invitan a encender la memoria de aquellos candiles de carburo que rompían la oscuridad con su tenue llama azulada. Ecos de remos en el agua inundan la noche vacía de almas y de chalanas. Ojalá el tiempo se parase un poco, deteniendo también la corriente del agua que nos acerca al horizonte.

Este río es lo que fuimos. Y lo seguirá siendo cuando no estemos.
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