Otilia, el alma de Froseira

Otilia, Froseira, 27 de octubre de 2007. ©Miki López

No recuerdo muy bien como terminamos aquella tarde de invierno en Froseria, pero fue mientras buscábamos las pinturas rupestres de A Cova do Demo. Seguíamos la carretera de que nos llevaba a Pesoz siguiendo la cuenca del Navia, inmersos en el asombro del que cruza esta ruta recreándose en el hermoso paisaje que bordea las riveras de este gran río asturiano.

Muy cerca del embalse de Doiras, un desvío a la derecha comienza a ganar altura sobre el valle en dirección a la aldea de Froseira. Pocos centenares de metros más allá, el camino desciende suavemente en dirección a una apacible vega que riega el río Ourubio poco antes de entregarse a las embalsadas aguas del Navia.

El silencio en Froseira

Dejamos el coche y comenzamos a caminar por la pequeña aldea que parecía totalmente desierta. El pequeño puente de piedra en el que termina la carretera se cierra con una cancela que guarda la finca que da servicio a un caserón bien cuidado y con varios edificios aledaños. Solo se escuchaba el murmullo del agua deslizándose por la estrecha cuenca del Ourubio, un rumor fresco como la gélida brisa que bajaba racheada por las faldas del monte Llanteiro.

Otilia, el alma de Froseira
Otilia en Froseira, Boal. 22 de febrero de 2006. Miki López

Seguimos el camino que bordeaba el arroyo aguas abajo. Casas vacías pero bien cuidadas formaban parte de este un conjunto etnográfico tan típico de la Asturias occidental, donde el tiempo parece que nunca tuvo prisa por avanzar. Disfrutamos del paseo y de la soledad, imaginándonos como sería aquel pueblo décadas atrás y todas las historias que podrían contarnos aquellos muros de pizarra que seguro que guardaron tantas vidas y vivencias en tiempos complicados.

Otilia y el molino

De vuelta al coche, vimos a una mujer que, vara en mano, salía de unas dependencias de aquel caserón que se veía tras la cancela. La llamamos con una voz y la mujer, entrada en años y arrugas, se volvió hacia nosotros. Comenzamos la conversación separados por el pequeño portillo que separa la salida del puente de la finca del molino. Sus manos, agrietadas por el tiempo y el trabajo, se cerraban sobre uno de los barrotes del cierre mientras hablaba de forma tranquila y pausada con aquellos dos forasteros que reclamábamos su atención.

Otilia, el alma de Froseira
Boal. Otilia González López, la única vecina del pueblo de Froseira, trabajando en el molino de su casería. 22 de febrero de 2006. ©Miki López

Allí comenzó mi fascinación por Otilia, la molinera de Froseira, encantada de mostrar el viejo molino a cualquiera que se presentase frente a su puerta. Iniciamos un recorrido didáctico por la casería y por el mundo olvidado de la molienda tradicional y aquella jornada fue cerrada con la degustación del vino que la buena mujer dejaba fermentar en una barricas de su destartalada bodega. Apuramos de un trago aquel caldo tinto, ácido a rabiar y rascón al trago, servido en los tradicionales «cachos», cuencos de madera salidos de los ya desaparecidos talleres cunqueiros de la comarca. El vino de esta comarca no puede beberse de otra manera.

Despedida con vino

Otilia, Froseira
Otilia González López, la última vecina del pueblo de Froseira. 22 de febrero de 2006. ©Miki López

Nos despedimos de Otilia con el firme propósito de volver al molino de Froseria. Y yo así lo hice unos meses después, visitando a la buena mujer en compañía de Elsa y mis dos chicos que volvieron a disfrutar como yo de las sabias explicaciones de la vida de una de las mujeres más maravillosas que he tenido la suerte de conocer en el mundo rural asturiano.

Hoy, como tantas veces, tocó acordarse de ella, la molinera de Froseira que falleció el día 13 de junio de 2021. El mismo día en el que cumplía 90 años.

Fue un gran placer conocerte Otilia, el alma de Froseira. Gracias por lo recibido.

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