“Fotoperiodismo, álbumes De Fotos Y Redes Sociales

Fotoperiodismo del Siglo XX. Tiempos de reagge y fotos

Quién me iba a decir a mí que la primera vez que el destino me puso delante  una cámara de fotos, no le iba a prestar ni la más mínima atención. Yo era un crío de los años 70 al que le gustaba el reagge de Bob Marley que escuchaban unos vecinos hippies de Oviedo que veraneaban en mi pueblo. Me iba aquel rollo jamaicano bastante más que las cintas de Demis Rousos que mi padre ponía en el radiocasete mono de su Renault 7 TL. Y es que mi viejo era todo un romántico y como tal disfrutaba de coleccionar buenos momentos a través de la fotografía. Por eso aprovechó un viaje de un compañero de trabajo a Ceuta para encargarle una cámara de fotos medianamente decente con la que nuestra vida infantil y familiar iba a quedar congelada a partir de aquella prodigiosa década. 

La Yashica telemétrica

La Yashica de mi padre. Soto del Barco. ©Miki López

Por entonces la fotografía era como la cocina a fuego lento. Un carrete de 24 fotos podía durar meses antes de enviarse a revelar. Mi padre, sin tener la más mínima idea de los conceptos básicos de imagen fotográfica, comenzó a entender  aquella endiablada Yashica MG-1, una cámara telemétrica de obturación automática. La máquina montaba un objetivo de 45 mm f 2,8 que visto en la distancia, funcionaba de maravilla.

Poco a poco fue completando un hermoso álbum en blanco y negro que aún hoy conserva mi madre como oro en paño. De cuando en cuando lo sacamos del armario y revisamos aquellas imágenes que son la historia de una infancia y el reflejo de unos años muy felices.

Los álbumes de una vida

A aquel primer álbum, le siguieron otros que fueron cogiendo color según avanzaban los años 80. En las fotos de mi padre se refleja la locura hortera de aquella época que coincidió con la adolescencia por la que pasamos mis hermanos y un servidor poco antes de iniciar los estudios universitarios. Y allí comenzó mi aproximación real a la magia de la fotografía en un contexto muy distinto al actual. Por aquel entonces uno solo podía ver fotografía en los libros, en los periódicos y en los álbumes de casa. Algunas de aquellas imágenes se me han quedado grabadas en la memoria y creo que incluso hoy siguen marcando pautas importantes en mi trabajo diario.

Album Familiar. Soto del Barco. ©Miki López

Primeros pasos en el mundo del fotoperiodismo

El aprendizaje era lento pero sólido, basado en fundamentos que adquirías de forma autodidacta  de un lugar y de otro. Una imagen de Cartier-Bresson me daba para horas de análisis. Me impactaban las fotos de Joddie Cobb y de Steve Mccurry que salían en las portadas y reportajes del National Geographic. E intentaba interpretar la información de las instantáneas que veía firmadas por  Eloy Alonso, Javier Bauluz, Ramón González, Alberto Morante y un largo etcétera de fotoperiodistas asturianos que trabajaban en La Voz de Asturias y La Nueva España.

Diapositivas y copia en papel.. ©Miki López, enero de 2021

Y por circunstancias de la vida, un buen día me vi trabajando y aprendiendo con ellos. No puedo imaginar mejor escuela de fotoperiodistas que la de aquellas décadas de los 80 y los 90 en las que hacíamos cola a la puerta de los laboratorios para revelar las imágenes del día capturadas en un par de carretes de Kodak T-Max 400.

Fotos «pensadas»

Eran tiempos en los que nuestras fotos no sólo tenían el valor de lo artesano. Eran imágenes que se meditaban antes de apretar el disparador y que dejaban un inquietante halo de duda en tu cabeza hasta que las veías  aparecer poco a poco, con esa magia inigualable de la fotografía química, en el fondo de una cubeta con revelador. Podían pasar horas antes de que un fotógrafo pudiese valorar los resultados de su trabajo y eso conllevaba a conjeturar, a dudar si la combinación de diafragma y obturación habría sido la correcta, el ángulo de toma el apropiado o si el foco estaría bien definido. Y todo aquello que hoy parece una tontería, te obligaba a pensar, a tener mucho cuidado a la hora de tomar decisiones  porque el resultado lo veías cuando tenías las copias en tus manos y no había posibilidad de corrección. 

El paso a lo digital y sus consecuencias

Las cosas han cambiado mucho. La inmediatez de lo digital ha desvirtuado el trabajo del fotógrafo hasta el punto de convertirlo en un producto de consumo tan rápido que se devalúa en pocas horas. El nivel de producción es tan alto que es imposible consumirlo. El ejemplo es Instagram, una red social eminentemente fotográfica  en la que lo realmente importante no es la fotografía en sí, si no el número de me gustas que llega a alcanzar esa imagen que prácticamente desaparece para siempre del timeline de la red social en muy pocas horas.

Página de Insragram de la Agencia Magnum. ©Miki López

Esto seguramente es consecuencia de que es tan rápido hacer, editar y subir una foto como respirar. Y entre ese maremágnum de imágenes por minuto que recorren nuestra retina es casi imposible encontrar esos tesoros meditados de los que hablábamos antes. Pero existen. Siguen escondidos bajo las firmas de grandes profesionales y aficionados que continúan buscando la magia original de una fotografía que se te quede grabada en la memoria a fuego.

Décadas en un par de álbumes

El primer álbum de mi padre no debe de tener más de 80 fotografías. Abarcan toda una década de sonrisas, veranos, cumpleaños y juegos infantiles. No puedo abrir el navegador de mi móvil para verlas. Lo mismo que mi padre, yo no dejo de ser un romántico al que le sigue gustando abrir el armario de casa de mi madre y sentarme con calma a ver lo que mi viejo veía y reflejaba a través del visor telemétrico de su Yashica. No viven virtualmente en la memoria de mi móvil, ni del disco duro de mi ordenador. Siguen pegadas a las páginas ya amarillentas de un viejo álbum desvencijado de tanto manosear sus hojas. Cada foto es un tesoro con aroma a fotografía de las de antes, que te remueve las emociones vividas durante aquellos maravillosos años.

Recuperando las viejas sensaciones de la fotografía

Tal vez algún día podamos recuperar aquella fotografía familiar de siempre, la que se sigue haciendo en los estudios de muchos amigos, profesionales de este tipo de imágenes, que tienen el fin último de formar parte de algún rincón privilegiado de tu casa o en la página de ese álbum que decidiste volver a llenar de imágenes en papel. Fotógrafos como Javier Granda, Tania Juan o Sergio López (nombro a estos porque fueron compañeros en el mundo del fotoperiodismo) dan cuenta de que la fotografía sigue siendo un arte que va más allá de la redes sociales. La fotografía tiene que ser una caja de sentimientos que se congelan en el tiempo, que se pueden tocar o disfrutar mientras se ojean como los buenos libros o como las obras de arte que se cuelgan de una pared.

Reivindicar esa vuelta a ese concepto de fotografía no está reñido con las nuevas tecnologías. Debemos sacar la cabeza como profesionales de la imagen para demostrar que lo nuestro no es solamente apretar un botón. Detrás del visor de una cámara debe de haber talento y sensibilidad. Da igual que seas fotógrafo de estudio o eventos sociales que fotoperiodista. Y esto sé que es así porque todavía me emociono con el trabajo de mis compañeros y me doy cuenta de que no todo está perdido.

Fotografía de prensa del siglo XX

Y quizás los fotógrafos de prensa llevamos más tiempo sufriendo ese mal de la memoria de pez que ahora tiene el consumidor fugaz de fotografía. En los años 80 y 90 escuché muchas veces aquella frase mítica de «el periódico de ayer solo sirve para envolver el pescado de mañana». Parecía la sentencia del olvido pero en realidad, aquella frase se refería más a la intensidad de un trabajo que consistía en hacer crónicas de lo cotidiano que al día siguiente ya eran historia reciente devorada por la misma actualidad. Pero en aquel contexto, muchas fotos de prensa terminaron siendo verdaderos iconos de la historia del siglo XX:

El izado de la bandera norteamericana en Iwo Jima de Joe Rosenthal, La niña corriendo abrasada por el Napalm en Vietnam de Nick Ut, el Che Guevara de Alberto Korda o la niña afgana de Steve Mccurry por poner uno pocos ejemplos, son una mínima muestra de los muchos de los que se me vienen ahora mismo a la memoria.

Son imágenes que de alguna manera son historia e hicieron historia por la enorme carga informativa y emocional que transmitieron desde las páginas de los periódicos y revistas más importantes del mundo. Para mi son la esperanza de una profesión que, pese a las circunstancias críticas que rodean al mundo del fotoperiodismo, defiende la libertad de las personas desde el libre ejercicio del oficio más hermoso del mundo.

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